lunes, 22 de marzo de 2010

El Quijote - Capitulo Noveno

Del buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable y jamásimaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felicerecordación

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquelcampo, y así como Don Quijote los vió, dijo a su escudero: la ventura va guiandonuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigoSancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes conquien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojoscomenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio deDios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes?dijo Sancho Panza.
Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelentener algunos de casi dos leguas. Mire vuestra merced, respondió Sancho, queaquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y loque en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andarla piedra del molino. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursadoen esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate deahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fieray desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante,sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sinduda alguna eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer.Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escuderoSancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes ibadiciendo en voces altas: non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solocaballero es el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las grandesaspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunquemováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea,pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, conla lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió conel primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió elviento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballoy al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panzaa socorrerle a todo el correr de su asno, y cuando llegó, halló que no se podíamenear, tal fue el golpe que dio con él Rocinante. ¡Válame Dios! dijo Sancho; ¿nole dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sinomolinos de viento, y no los podía ignorar sino quien llevase otros tales enla cabeza? Calla, amigo Sancho, respondió Don Quijote, que las cosas de laguerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza, cuanto más que yopienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón, que me robó el aposento ylos libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de suvencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo han de poderpoco sus malas artes contra la voluntad de mi espada. Dios lo haga como puede,respondió Sancho Panza. Y ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante,que medio despaldado estaba; y hablando en la pasada aventura, siguieron elcamino del puerto Lápice, porque allí decía Don Quijote que no era posibledejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero;sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza y diciéndoselo a suescudero, dijo: yo me acuerdo haber leído que un caballero español, llamadoDiego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó deuna encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, ymachacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él, comosus descendientes, se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca.Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se me depare, piensodesgajar otro tronco tal y bueno como aquel, que me imagino y pienso hacercon él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecidovenir a verlas, y aser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas. A lamano de Dios, dijo Sancho, yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice;pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser delmolimiento de la caída. Así es la verdad, respondió Don Quijote; y si no mequejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse deherida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella. Si eso es así, no tengoyo que replicar, respondió Sancho; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestramerced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir, que me hede quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también conlos escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No se dejó de reír Don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así ledeclaró que podía muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o conella, que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería.Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que porentonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le antojase. Con estalicencia se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y sacando delas alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrásde su amo muy despacio, y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto,que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y en tanto que éliba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesaque su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso,andar buscando las aventuras por peligrosas que fuesen. En resolución, aquellanoche la pasaron entre unos árboles, y del uno de ellos desgajó Don Quijoteun ramo seco, que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro quequitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió Don Quijote,pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en suslibros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestasy despoblados, entretenidos en las memorias de sus señoras.
No la pasó así Sancho Panza, que como tenía el estómago lleno, y no de aguade chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte para despertarle,si su amo no le llamara, los rayos del sol que le daban en el rostro, ni elcanto de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo díasaludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flacaque la noche antes, y afligiósele el corazón por parecerle que no llevabancamino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse Don Quijote porquecomo está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias.
Tornaron a su comenzado camino del puerto Lápice, y a hora de las tres deldía le descubrieron. Aquí, dijo en viéndole Don Quijote, podemos, hermano SanchoPanza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras, mas advierteque, aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner manoa tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canallay gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros,en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de caballería queme ayudes, hasta que seas armado caballero. Por cierto, señor, respondió Sancho,que vuestra merced será muy bien obedecido en esto, y más que yo de mío mesoy pacífico y enemigo de meterme en ruidos y pendencias; bien es verdad queen lo que tocare a defender mi persona no tendré mucha cuenta con esas leyes,pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiereagraviarle. No digo yo menos, respondió Don Quijote; pero en esto de ayudarmecontra caballeros, has de tener a raya tus naturales ímpetus. Digo que sí loharé, respondió Sancho, y que guardaré ese precepto tan bien como el día deldomingo. Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de laorden de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios, que no eran más pequeñasdos mulas en que venían. Traían sus anteojos de camino y sus quitasoles. Detrásde ellos venía un coche con cuatro o cinco de a caballo que les acompañaban,y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señoravizcaína que ia a Sevilla, donde estaba su marido que pasaba a las Indias conmuy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban el mismo camino;mas apenas los divisó Don Quijote, cuando dijo a su escudero: o yo me engaño,o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellosbultos negros que allí parecen, deben ser, y son sin duda, algunos encantadoresque llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer estetuerto a todo mi poderío. Peor será esto que los molinos de viento, dijo Sancho.Mire señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el coche debe de serde alguna gente pasajera: mire que digo que mire bien lo que hace, no sea eldiablo que le engañe. Ya te he dicho, Sancho, respondió Don Quijote, que sabespoco de achaques de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.Y diciendo esto se adelantó, y se puso en la mitad del camino por donde losfrailes venían, y en llegando tan cerca que a él le pareció que le podían oírlo que dijese, en alta voz dijo: gente endiablada y descomunal, dejad luegoal punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas, si no, aparejáosa recibir presta muerte por justo castigo de vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, así de la figurade Don Quijote, como de sus razones; a las cuales respondieron: señor caballero,nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito,que vamos a nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunasforzadas princesas. Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco,fementida canalla, dijo Don Quijote. Y sin esperar más respuesta, picó a Rocinante,y la lanza baja arremetió contra el primer fraile con tanta furia y denuedo,que si el fraile no se dejara caer de la mula, él le hiciera venir al suelomal de su grado, y aun mal ferido si no cayera muerto. El segundo religioso,que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de subuena mula, y comenzó a correr por aquella campaña más ligero que el mismoviento. Sancho Panza que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente desu asno, arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en estodos mozos de los frailes, y preguntáronle que por qué le desnudaba. RespondiólesSancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batallaque su señor Don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burla, nientendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya Don Quijote estabadesviado de allí, hablando con las que en el coche venían, arremetieron conSancho, y dieron con él en el suelo; y sin dejarle pelo en las barbas le molierona coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido: y sin detenerseun punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color enel rostro y cuando se vio a caballo picó tras su compañero, que un buen espaciode allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto; ysin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su caminohaciéndose más cruces que si llevaran el diablo a las espaldas. Don Quijoteestaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche, diciéndole: lavuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le vinieraen talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo derribadapor este mi fuerte brazo; y porque no penéis por saber el nombre de vuestrolibertador, sabed que yo me llamo Don Quijote de la Mancha, caballero andantey aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; yen pago del beneficio que de mí habéis recibido o quiero otra cosa sino quevolváis al Toboso, y que de mi parte os presentéis ante esta señora, y le digáislo que por vuestra libertad he fecho. Todo esto que Don Quijote decía, escuchabaun escudero de los que el coche acompañaban, que era vizcaíno; el cual, viendoque no quería dejar pasar el coche adelante, sino que decía que luego habíade dar la vuelta al Toboso, se fue para Don Quijote, y asiéndole de la lanzale dijo en mala lengua castellana, y peor vizcaína, de esta manera: anda, caballero,que mal andes; por el Dios que crióme, que si no dejas coche, así te matascomo estás ahí vizcaíno. Entendióle muy bien Don Quijote, y con mucho sosiegole respondió: si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigadotu sandez y atrevimiento, cautiva criatura. A lo cual replicó el vizcaíno: ¿yono caballero? juro a Dios tan mientes como cristiano; si lanza arrojas y espadasacas, el agua cuán presto verás que el gato llevas; vizcaíno por tierra, hidalgopor mar, hidalgo por el diablo; y mientes, que mira si otra dices cosa. Ahoralo veredes, dijo Agraves, respondió Don Quijote; y arrojando la lanza en elsuelo, sacó su espada y embrazó su rodela, y arremetió al vizcaíno con determinaciónde quitarle la vida.
El vizcaíno, que así le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, quepor ser de las malas de alquiler, no había que fiar en ella, no pudo hacerotra cosa sino sacar su espada; pero avínole bien que se halló junto al coche,de donde pudo tomar una almohada que le sirvió de escudo, y luego fueron eluno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisieraponerlos en paz; mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadasrazones, que si no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matara su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La señora del coche, admiraday temerosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco,y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cualdio el vizcaíno una gran cuchillada a Don Quijote encima de un hombro por encimade la rodela, que a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote,que sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo: ¡ohseñora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestrocaballero, que por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso trancese halla! El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela,y el arremeter al vizcaíno, todo fue en un tiempo, llevando determinación deaventurarlo todo a la de un solo golpe. El vizcaíno, que así le vio venir contra él,bien entendió por su denuedo su coraje, y determinó hacer lo mismo que DonQuijote: y así le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder rodear lamula a una ni a otra parte, que ya de puro cansada, y no hecha a semejantesniñerías, no podía dar un paso. Venía, pues, como se ha dicho, Don Quijotecontra el cauto vizcaíno con la espada en alto, con determinación de abrirlepor medio, y el vizcaíno le aguardaba asimismo, levantada la espada y aforradocon su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados delo que había de suceder de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban, yla señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos yofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de España, porque Dioslibrase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban.Pero está el daño de todo esto, que en este punto y término deja el autor deesta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañasde Don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autorde esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada alas leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios dela Mancha que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papelesque de este famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó dehallar el fin de esta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable,le halló del modo que se contará en el siguiente capítulo.

0 comentarios:

 

My Blog List

Followers

Blog Turismo La Mancha Copyright © 2009 Blogger Template Designed by Bie Blogger Template